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CONTRA EL SECRETO PROFESIONAL
por Daniel Salas
Recordemos la premisa de El Quijote: un hidalgo de La Mancha de nombre incierto se dedicó a leer tantas y de las más absurdas novelas de caballerías. Este desocupado lector “llegó a tanto su curiosidad y desatino en esto, que vendió muchas fanegas de tierras de sembradura para comprar libros de caballerías en qué leer y así llevó a su casa todos cuanto pudo haber de ello”. Más adelante, “rematado ya su juicio, vino a dar en el más extraño pensamiento que jamás dio loco en el mundo, y fue que le pareció convenible y necesario, así para el aumento de su honra como para el servicio de su república, hacerse caballero andante e irse por todo el mundo con sus armas y caballo a buscar las aventuras y a ejercitarse en todo aquello que él había leído que los caballeros andantes se ejercitaban”.
La premisa de la novela nos quiere hacer creer que el hidalgo se volvió loco de tanto leer. Nos quiere hacer creer, en consecuencia, que dicha lectura tan profusa como extravagante era una cuestión privada, única, que había germinado en una imaginación perturbada. En principio, creemos que nadie lee una novela creyéndose las historias que cuentan y sería un transtorno digno de una historia real-maravillosa que un grupo de lectores imaginativos tome como absolutamente verdaderas las fantasías que los libros describen.
Ahora imaginemos un mundo en el que no uno, ni diez, ni cien sino miles de hidalgos con los brazos cruzados y las espadas envainadas –la reconquista ya había acabado— ingresan, a falta de guerras que pelear, al delirio de la lectura y a creer, por obra de la imaginación, que el mundo caballeresco ha renacido. Imaginemos un mundo en el que incluso algunos hombres de dudosa nobleza también aseguran ser caballeros y ambicionan demostrarlo con sus hazañas. Se apoderan de ellos los ímpetus guerreros que por un momento se creían enterrados, se atavían nuevamente con armaduras y parten insensatamente a pelear contra quimeras en tierras extrañas, pobladas por animales deformes y excepcionales. habitadas por amazonas, por reyes bárbaros y estupendos, por gentes desnudas de figuras desconocidas.
Lo interesante, lo sorprendente, lo insólito –es decir, lo que nunca escuché decir en las clases de literatura siendo estudiante de bachillerato en la Universidad Católica— es que ese mundo de lectores impresionables y arrojados sí existió y se llamó España.
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Pierre Menard y sus claves secretas
por Daniel Salas
La llave que abre la puerta de toda buena lectura es la atención exagerada, intensa, a los detalles. Son los elementos invisibles para una mirada global los que exponen la coherencia o incoherencia de un poema, un cuento o una novela. Por ello, se puede concluir que un buen escritor es aquel capaz de controlar los entresijos más nimios de su escritura. En la novela éste es un menester excesivamente arduo, pero en el cuento uno imagina que el propósito puede cumplirse. “Pierre Menard, autor del Quijote” es el cuento que me va a permitir explicar de qué manera el secreto de la lectura se halla expuesto del mismo modo que la carta robada que encontró Dupin en el célebre cuento de Poe; es decir, sin ningún ocultamiento, a la vista de todos.
En primer lugar, hay que decir que muchos han visto en este cuento una exposición de la poética borgiana, una teoría posmoderna de la lectura y de la escritura como reescritura. Según esta tesis, Borges nos dice que el punto de vista del lector es el que define el sentido del texto, y que el mismo texto puede ser interpretado de maneras contradictorias según el tiempo.
La primera dificultad que debe encarar tal interpretación es que Borges, como ensayista (y lo fue profusamente), nunca defendió tal idea. La segunda me parece más crucial: supone una identificación entre el autor y el narrador; es decir, que quien está contando la historia no es un personaje inventado por Borges sino Borges mismo. ¿Es así? De ninguna manera. El narrador del cuento da varias señales de ser un esnob y un papanatas. Más aun, se muestra como un católico fascista, un antisemita y un anti-protestante. Como sabemos, Borges no fue nada de esto, así que resulta extraño identificarlo con el narrador. Observemos lo que el contador de la historia nos dice al principio del cuento:
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