Sep 9
CONTRA EL SECRETO PROFESIONAL
Pierre Menard y sus claves secretas
por Daniel Salas
La llave que abre la puerta de toda buena lectura es la atención exagerada, intensa, a los detalles. Son los elementos invisibles para una mirada global los que exponen la coherencia o incoherencia de un poema, un cuento o una novela. Por ello, se puede concluir que un buen escritor es aquel capaz de controlar los entresijos más nimios de su escritura. En la novela éste es un menester excesivamente arduo, pero en el cuento uno imagina que el propósito puede cumplirse. “Pierre Menard, autor del Quijote” es el cuento que me va a permitir explicar de qué manera el secreto de la lectura se halla expuesto del mismo modo que la carta robada que encontró Dupin en el célebre cuento de Poe; es decir, sin ningún ocultamiento, a la vista de todos.
En primer lugar, hay que decir que muchos han visto en este cuento una exposición de la poética borgiana, una teoría posmoderna de la lectura y de la escritura como reescritura. Según esta tesis, Borges nos dice que el punto de vista del lector es el que define el sentido del texto, y que el mismo texto puede ser interpretado de maneras contradictorias según el tiempo.
La primera dificultad que debe encarar tal interpretación es que Borges, como ensayista (y lo fue profusamente), nunca defendió tal idea. La segunda me parece más crucial: supone una identificación entre el autor y el narrador; es decir, que quien está contando la historia no es un personaje inventado por Borges sino Borges mismo. ¿Es así? De ninguna manera. El narrador del cuento da varias señales de ser un esnob y un papanatas. Más aun, se muestra como un católico fascista, un antisemita y un anti-protestante. Como sabemos, Borges no fue nada de esto, así que resulta extraño identificarlo con el narrador. Observemos lo que el contador de la historia nos dice al principio del cuento:
Son, por lo tanto, imperdonables las omisiones y adiciones perpetradas por madame Henri Bachelier en un catálogo falaz que cierto diario cuya tendencia protestante no es un secreto ha tenido la desconsideración de inferir a sus deplorables lectores —si bien estos son pocos y calvinistas, cuando no masones y circuncisos. Los amigos auténticos de Menard han visto con alarma ese catálogo y aun con cierta tristeza. Diríase que ayer nos reunimos ante el mármol final y entre los cipreses infaustos y ya el Error trata de empañar su Memoria… Decididamente, una breve rectificación es inevitable.
Me consta que es muy fácil recusar mi pobre autoridad. Espero, sin embargo, que no me prohibirán mencionar dos altos testimonios. La baronesa de Bacourt (en cuyos vendredis inolvidables tuve el honor de conocer al llorado poeta) ha tenido a bien aprobar las líneas que siguen. La condesa de Bagnoregio, uno de los espíritus más finos del principado de Mónaco (y ahora de Pittsburgh, Pennsylvania, después de su reciente boda con el filántropo internacional Simón Kautzsch, tan calumniado, ¡ay!, por las víctimas de sus desinteresadas maniobras) ha sacrificado “a la veracidad y a la muerte” (tales son sus palabras) la señoril reserva que la distingue y en una carta abierta publicada en la revista Luxe me concede asimismo su beneplácito. Esas ejecutorias, creo, no son insuficientes.
No es, pues, Borges. Es un escritor menor que siente una fascinación especial por codearse con la nobleza y que no puede ocultar su desprecio por los judíos, los masones y los herejes. ¿Podemos creer en su testimonio? Claramente, no. Se trata de un fascista hinchado por un repelente esnobismo. Y el fascismo, en tanto utopía totalitaria, implica una negación del pasado y una reescritura de la historia. “Historia” es la palabra clave y por eso vemos que este es el tema de la cita que el apologeta de Pierre Menard analiza:
“la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir”.
El narrador, convertido ahora en exégeta, comenta con pérfido entusiasmo:
“La historia, madre de la verdad; la idea es asombrosa. Menard, contemporáneo de William James, no define la historia como una indagación de la realidad sino como su origen. La verdad histórica, para él, no es lo que sucedió; es lo que juzgamos que sucedió. Las cláusulas finales -ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir- son descaradamente pragmáticas“.
Este cuento desarrolla la idea de la escritura (o, más precisamente, de la reescritura) como mecanismo secreto de imposición de una realidad alternativa y, por tanto, como ocultamiento de la verdad. En el prólogo a El jardín de senderos que se bifurcan, Borges anuncia:
“En ‘Las ruinas circulares’ todo es irreal; en ‘Pierre Menard, autor del Quijote’ lo es el destino que su protagonista se impone. La nómina de escritos que le atribuyo no es demasiado divertida pero no es arbitraria; es un diagrama de su historia mental…” (11)
Ese “diagrama de su historia mental” ha sido muy bien analizado por William Woof, quien en un detallado análisis sobre la “obra visible” (*) de Pierre Menard ofrece claves para entender cómo ella es una cuidadosa preparación para su el absurdo proyecto final de reescribir el Quijote. Woof comprueba que el tema fundamental de esta obra “visible” es la búsqueda de las aporías lógicas que justifiquen la pretensión de Menard de sustituir a Cervantes y de llevar a cabo el proyecto totalitario de acomodar el pasado al fin utópico.
Así, la obra “visible” de Menard, que sólo en apariencia es “heterográfica”, se contrapone a la obra “invisible”, que es abiertamente monográfica (la escritura de los capítulos noveno y trigésimo octavo de la primera parte del Quijote y un fragmento del capítulo veinticinco). La obra visible sutilmente justifica una obra invisible, soterrada, cuyo fin es la perversión de la historia. En la incapacidad de la lógica moderna de fundamentar una epistemología de valor metafísico, Menard encuentra un resquicio desde el cual engendrar su proyecto de pervertir el pasado. La profecía borgiana es impresionante: hoy, en el siglo XXI, muchos reaccionarios recurren al argumento postmoderno de que la verdad no es metafísicamente definible para defender sus proyectos autoritarios. Es la autoridad de la fuerza y no de la razón lo que termina definiendo el bien y la verdad.
De manera que el narrador no puede ser, como algunos críticos desprevenidamente han querido interpretar, una identificación ficticia del mismo Borges. La obra secreta de Menard, de la cual él es el único guardián, es un intento de justificar la reelaboración del pasado, un monstruoso proyecto que pretende justificar los crímenes del presente deformando perversamente nuestra memoria histórica. El gran asalto del totalitarismo es el asalto al lenguaje. Esto lo vemos en otro cuento magnífico: “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”. En otra oportunidad, podemos hablar sobre ese cuento como crítica al nazismo, si les parece bien.
(*) Woof, William. “Borges, Cervantes & Quine: Reconciling Existence Assumptions and Fictional Complexities in ‘Pierre Menard, Author of Don Quixote’” Variaciones Borges 7 (1999): 191-203.
15 Comments so far
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Muy bien, compañero. El texto apunta en direcciones muy interesantes, y para empezar corrige esa bobada de pretender que Borges estaba hablando de Borges. Me pareció que faltaba, sin embargo, una mención a “1984″, de Orwell, donde el pasado es reescrito cotidianamente, como en todo totalitarismo que se respete. En cuanto a las implicaciones del texto para nuestro escenario político, ya decía yo que iba a haber problemas en cuanto pusieron a un fenomenólogo como presidente de la CVR.
!Bienvenido, profesor Salas! Buen jale de Porta 9.
Buen artículo, Salas. Solo hay una cosa que no entiendo. Dices: “muchos han visto en este cuento una exposición de la poética borgiana, una teoría posmoderna de la lectura y de la escritura como reescritura”. Y después, dices: “La segunda (dificultad de esta tesis) me parece más crucial: supone una identificación entre el autor y el narrador; es decir, que quien está contando la historia no es un personaje inventado por Borges sino Borges mismo”.
No entiendo bien cómo concluyes que el Borges narrador tiene que ser el Borges autor para que la interpretación que señalas resulte válida. Cuál es la relación de causalidad entre una y la otra? A ver si me la explicas.
Alguien pudo creer alguna vez eso de que Borges estaba hablando de Borges? Buen artículo, los nuevos jales de Porta son de primera. Falta que Ollé de a la talla.
Domenecq: la idea no es que para que esa interpretación sea válida el narrador tenga que ser “Borges”. La idea, más bien, es que para que esa interpretación sea válida el narrador tiene que ser alguien que comparta la visión de Borges sobre lectura-reescritura y la exprese tal cual. Y lo que Daniel indica es que, si nos damos cuenta de que Borges hace del narrador un fascista y un antisemita, veremos claramente que ese narrador no es como él, sino que es ideológicamente muy distinto de Borges. Por lo tanto, las ideas del narrador no deben leerse como ideas de Borges.
Sobre este artículo, me ha sido un poco como una promesa incumplida. Salas dice al inicio “un buen escritor es aquel capaz de controlar los entresijos más nimios de su escritura” y luego que “el secreto de la lectura se halla expuesto”. En cambio el resto del artículo trata sobre la (correcta) diferenciación entre escritor y narrador.
El tema del artículo (diferencia entre autor y obra) no me parece excesivamente revelador. Justamente es el argumento del cuento, que a mi gusto explora el tema mejor de lo que lo hace el artículo. Esto es de por sí lo decepcionante de Salas, que no aporta nada nuevo al debate, habiendo prometido hacerlo.
Creo que la pregunta que plantea Salas al inicio (por los entresijos nimios) es correcta y prometedora. Si Salas tiene interés en sus preguntas, entonces, al menos a mí, me debe una. Me gustaría saber cuáles son esos detalles mínimos, ese control del escritor, que distingue a uno bueno de uno malo. Pero lamento profetizar que no será en los entresijos nimios que Salas encontrará el santo grial de la buena literatura.
Yo me inclino por desear, como el mismísimo Salas ha adelantado en este artículo, que la genialidad del escritor radica en su capacidad profética, o lo que es lo mismo, en su capacidad de crear (o anticipar, dirán quienes creen en La Verdad) un nuevo mundo.
Desde acá y a nombre de todos mis compañeros hiphoperos, quiero darle la bienvenida a mi compare Daniel. Le va a poner la cuota de rigurosidad que siempre es buena en la web. Esto le da más variedad a Porta. Salud por eso.
Desde el Bronx,
R,
Yu Lai: Me alegra que reconozcas el aspecto político de mi lectura. En efecto, el revisionismo es un mal de nuestro tiempo y debe ser denunciado.
Domeneq: En efecto, no es lo mismo el autor que el narrador. Pero sí existe la identificación del autor en el narrador. Borges juega con esto en otros cuentos. En “Historia de Mayta”, no hay duda de que hay una identidad entre el narrador que explica el proceso de escritura y el mismo Mario Vargas Llosa.
Gracias a Goyo y Antonio por los saludos.
SóloSéQueLuchoC: Este artículo no trata sobre la correcta diferenciación entre el autor y el narrador sino sobre los detalles que nos indican las intenciones ocultas del narrador. La perfección de este cuento radica en que cada elemento, incluso los detalles sobre la obra pública de Menard, apunta en la misma dirección con una precisión asombrosa.
Daniel Salas: Lo que me decepciona en todo caso es que el cuento en sí, nunca intenta hacer creer que el narrador es Borges, a diferencia de otro cuento como “El Aleph” que sí podría prestarse a interpretaciones. En “Piere Menard…” han sido los críticos quienes han visto en el narrador a Borges. Entonces este análisis tuyo no es sobre los entresijos del cuento en sí, si no un diálogo con la crítica del cuento. ¿En serio crees que es un secreto de la lectura que “el narrador no puede ser (…) una identificación ficticia del mismo Borges”?
¿No será más bien que el narrador facista está interpretando mal a Menard? Lo acabo de leer de nuevo, después de varios años, fíjense en el penúltimo párrafo:
«Pensar, analizar, inventar –me escribió (Menard) también– no son actos anómalos, son la normal respiración de la inteligencia. Glorificar el ocasional cumplimiento de esa función, atesorar antiguos y ajenos pensamientos, recordar con incrédulo estupor que el doctor universalis pensó, es confesar nuestra languidez o nuestra barbarie. Todo hombre debe ser capaz de todas las ideas y entiendo que en el porvenir lo será.»
Yo no podría hacer una definición del facismo sin recurrir a wikipedia, pero ese párrafo me parece poco facho. Nos está diciendo que de alguna forma todos somos iguales, porque en una vida infinita todos los hombres son capaces de todos los pensamientos.
Este cuento nunca ha sido uno de los que más me ha gustado, y sinceramente nunca le atribuí facismo al narrador (lo de “circuncisos” si lo recordaba, pero nunca se me ocurrió hacer la conexión). El último párrafo, en el que el narrador vuelve a hablar, dice: “Menard (acaso sin quererlo) ha enriquecido mediante una técnica nueva el arte detenido y rudimentario de la lectura: la técnica del anacronismo deliberado y de las atribuciones erróneas. Esa técnica de aplicación infinita nos insta a recorrer la Odisea como si fuera posterior a la Eneida y el libro Le jardin du Centaure a madame Henri Bachelier como si fuera de madame Henri Bachelier. Esa técnica puebla de aventura los libros más calmosos. Atribuir a Louis Ferdinand Céline o a James Joyce la Imitación de Cristo ¿no es una suficiente renovación de esos tenues avisos espirituales?”
De nuevo, en este párrafo no veo lo facho. Tal vez en el contexto (como el poema de Pound en Puente Aéreo), pero nunca se lo vi. Mas bien, esa es mi costumbre cuando leo una novela y veo que el autor desafina (desde mi punto de vista, por supuesto): me digo que no dijo lo que dijo, que en realidad dijo otra cosa, o por último que significa otra cosa.
Pierre Menard, autor del Quijote
Luching: Tal vez no esté “tergiversando” sino simplemente mintiendo. Una de las posibilidades es que el narrador esté inventando la “obra secreta” de Menard. Recordemos que solamente él es testigo de la reescritura de aquellos fragmentos de El Quijote. Sobre eso ya escribí aquí:
http://ficcionesborges.blogspot.com/2005/05/cuntos-idiotas-pueblan-pierre-menard.html
Entre la publicación de ese cuento y la muerte de Borges, deben haber pasado cuarenta años. ¿A nadie se le ocurrió preguntarle?
[…] Todo lo contrario. Tener memoria te hace una mejor persona porque mantiene tu conciencia más imaginativa y más. Para creer en esto no hay que ser necesariamente un “caviar”. Se puede ser, por ejemplo, un borgiano. Borges, en efecto, es el autor de la memoria, uno de los oponentes más agudos del revisionismo histórico y uno de quienes más ha ayudado a entender la horrenda opresión a la que nos puede llevar la falsificación de la verdad. Pero sobre eso ya hablé otra vez. […]