Jul 24
FIL 2008, CHILE, ENRIQUE LIHN
Hoy se inicia la FIL 2008 y, como Chile es el país invitado de honor, algunos integrantes de Porta9 decidieron escribir sobre libros chilenos que los marcaron o les gustaron especialmente. La serie de artículos que aparecerán en Porta9 en los días de Feria no deben ser leídos como ensayos ni reseñas, sino como impresiones de lectores ante el recuerdo de alguna obra que los marcó. Como la oferta de libros chilenos será muy amplia durante la FIL, esperamos que estos artículos motiven a los lectores a descubrir (o redescubrir) a los autores o libros que recordaremos aquí. Empezamos hoy con Andrea Cabel y una lectura de Enrique Lihn.
“Nada tiene que ver el dolor…”, algunas reflexiones acerca de
Diario de muerte de Enrique Lihn (1)
por Andrea Cabel
Hace poco un amigo que enseña en el colegio La Inmaculada, me invitó a conversar con sus alumnos de cuarto de secundaria sobre poesía. La idea me pareció interesante, así que caí, inocentemente, en un salón infinito, repleto de ojos y alumnos. La conversación siguió hasta que alguien alzó la mano y me preguntó por qué no hablaba del tema de la muerte en mis textos. La misma voz me dijo que ese tema no lo había tocado en ningún texto publicado, y la verdad es que hasta ese momento no me había percatado de eso. Me quedé pensando por un momento, y comenzó una larga caída, un inmenso vértigo.
Yo no hablo de la muerte, y en realidad, tampoco es un tema sobre el cual yo reflexione seguidamente o escriba. Aunque en algunas –pocas- ocasiones he escrito pensando en personas que han fallecido, no nombro la muerte, y coherentemente, tampoco la sugiero. Aparecen los sinónimos lejanos y el poema acaba siendo soledad, tristeza, nostalgia, pero nunca muerte. De hecho, aunque existan las demás palabras, suelo hablar del opuesto absoluto, el amor.
Volviendo a la clase, a ese momento de caída libre, fue inevitable recordar un libro que me gustó y que me acompañó por un buen tiempo: Diario de muerte de Enrique Lihn. Lucho sugirió trabajarlo en las clases de poesía el año pasado, y aceptamos todos. Yo no conocía el libro. Tuve que leerlo varias veces, leer textos críticos, hablar con mi salón de veintiún chicos sobre los temas durante unas cuantas semanas y comenzar a pensar, realmente, en los mensajes del diario. Después de todo, un diario es un texto personal, una escritura íntima que no espera más receptores que uno mismo. ¿Por qué entonces alguien quería hacerlo público?
En Diario de muerte, el yo-poético está inflado de ego y no quiere aceptar que va a morir. Sin embargo, en su caso, la muerte es una realidad y un fantasma que lo atormenta. En el poemario, negar la muerte significa no aceptar el silencio, por eso “habla sin parar”. Así, el primer tema que me impresionó del libro es la reflexión entorno al lenguaje. Aquí, existe la evocación o apelo a un lenguaje místico que nos aproxime a la esencia de las cosas: esto es un lenguaje despoblado de gramática (pronombres personales), es decir, de razón. De tal modo que plantea una doble visión sobre el lenguaje, uno que acerca y aleja a la vez: desde el punto de vista del escritor se mantiene viva la esperanza (por eso escribe), pero inyecta en el yo-poético -y en el lector- la certeza de la falacia, de la artificialidad del lenguaje, como lo artificial de los medicamentos que intentan salvar al desahuciado. La muerte que es desintegración, corroe todo, como las hormigas el hueso, como los signos (el lenguaje, manifestado a través de la escritura) el papel. El lenguaje tampoco se salva de la muerte. La muerte es una presencia amenazadora que puede sumir en el vacío todo lo existente.
Por otro lado, en varios poemas se muestra un conflicto entre el lenguaje (en tanto un modo de expresión de un determinado referente) y la realidad. Esta realidad, -por ejemplo, en el poema “Nada tiene que ver el dolor…” (p. 13), quizás mi favorito- está expresada en los siguientes términos: “dolor”, “desesperación” y “muerte”. De algún modo, se muestra un discurso existencialista, puesto que afirma que nuestra condición humana se establece a partir de estos elementos extremos. La realidad se muestra en su propia descomposición. El lenguaje no es capaz de mostrar la realidad o estos elementos en su real dimensión. Entre la palabra y la realidad hay un espacio vacío, una “zona muda”. Se trata de una suerte de punto ciego que se pierde cuando intentamos aprehender la realidad con el lenguaje. El lenguaje, entonces, es percibido como un espejo que no muestra toda la realidad; de alguna manera, la tergiversa. Lo que sucede es que es en este punto muerto en el que radica la muerte. Es decir, lo que no puede expresar el lenguaje es la realidad
El sujeto poético acepta su inminente muerte poco a poco, no sin antes luchar, gritar, obligarnos a re-pensar y analizar este proceso. Finalmente, él verá la muerte desde un punto de vista frío: en su vínculo con el aparato médico. En este contexto, subraya el sinsentido de dicho aparato. En el poema, “la muerte pierde la solemnidad que podemos encontrar no solo en el discurso coloquial, sino también en otros poemas. Estar muerto —o morir— está fuera de todo discurso. Al final, a partir de la visión propuesta de la muerte, todo pierde sentido. Todo es discurso y todo discurso es absurdo”(2). Por este motivo, en uno de los versos, se retorna a los elementos mencionados en la primera parte, “dolor”, “desesperación” y “muerte”: para expresar el sentido de estos elementos, habría que inventar un lenguaje, un “lenguaje limpio”.
Pero, ¿existe este “lenguaje limpio”? Es imposible. Los que estamos vivos y condenados a seguir vivos por un tiempo más, hablamos un lenguaje que es irreconocible para los que están yéndose hacia otra realidad, hacia una realidad construida por otro lenguaje, uno al que jamás tendremos acceso, jamás, al menos que estemos muriendo. La crítica de este sujeto poético está situada directamente en su calidad de enfermo inserto en el aparato diseñado para la muerte, de la despersonalización de la misma, en la que se obliga a tomar distancia para poder ser testigo de la muerte sin que afecte demasiado. Este sujeto poético, sufre y rechaza el acecho de quiénes pretenden acelerar el ritual personal de la muerte, dejando en claro que “todavía aleteo” (uno de los mejores poemas del libro) que todavía está vivo y está escribiendo, ambas actividades se corresponden, presentando en general una de las imágenes más carnales, terrenales (alejadas de la reflexión metafísica) y desgarradas de sí mismo.
Estamos profundamente solos. Aunque nos cuiden y paguen nuestros tratamientos, aunque esté ahí la medicina, los doctores, las enfermeras, el proceso de muerte es profundamente personal y solo. Quizás esta fue la lección más contundente y dolorosa del texto; mientras estamos vivos, compartimos un lenguaje que es un ritual constante, una comunión con el resto de los seres vivos, esto se rompe cuando comenzamos a morir, como en el caso del autor del diario. En ese momento comenzamos a perder ese hilo conductor y nos convertimos en un “algo” diferente, nos hacemos seres que empiezan a hablar otro lenguaje, uno de otro mundo, y comenzamos a sentir la real soledad. Quizás eso sea lo más doloroso de la muerte, eso que nosotros, los que seguimos vivos, no podemos entender sino solo mirar desde lejos.
(1) LIHN, Enrique: Diario de muerte. Santiago de Chile: Editorial Universitaria, 1990.
(2) Tomado de la quinta práctica dirigida del curso de Poesía de EE. GG. LL. – PUCP.
9 Comments so far
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Excelente texto Cabel.
Buena Ángeles, siempre saliendo con cosas nuevas. espero que alguien hable de otro grande de los poetas chilenos: Rojas- Y espero también q fuguet estçe presente-
“Diario de muerte” es un muy buen poemario, lo lei hace años y me gustó mucho. Bien por el texto y la autora!
¿Qué otros autores chilenos serán comentados? ¿quiénes más comentarán? me gusta este nuevo estilo,es más fresco y ligero. felicitaciones!
Si hay un libro de autor chileno que recomendar, sería “El obsceno pájaro de la noche” de José Donoso.
Ese libro es buenazo!
Creo que hay que animar estas nuevas propuestas. Todo lo que he leido de Andrea Cabel siempre es formal y recontra academico (incluyendo su poesia….) esta es la unica vez que parece que se suelta y habla con mas “naturalidad”. Bien por ello!
Pues si van a comentar obras de chilenos en general, no solo las de los que nos visitan esta vez, pues, carajo, comenten El obsceno. Esa novela es un alarde imaginativo tan grande como Cien años, y más original incluso.
Me interesa este nuevo estilo literario que porta9 invita a leer. Felicitaciones por la cobertura en la FIL de Lima
Desde Santiago
Elias Moro