Ago 4

oscar hahn, el exorcista

Category: FIL 2008, lecturas

por Niki Tito

El poeta Oscar Hahn (Iquique, 1938) es chileno pero bien podría pasar por peruano: cada cierto tiempo algún libro suyo es publicado en nuestro país por algún editor/lector agradecido, de modo que su obra aparece siempre renovada y lista para ser leída por una generación nueva de lectores de poesía. Ya en la década del sesenta —junto con las óperas primas de Heraud, Cisneros y Hernández— Javier Sologuren llegó a publicar la plaquette Agua final. Posteriormente se han publicado aquí un poemario más, dos antologías y un compendio de ensayos sobre su obra. Y por si fuera poco, acaba de publicarse su obra poética completa.

Teniendo en cuenta que el nuestro es un país con una tradición poética importante a cuestas, el dato anterior de seguro no es menor. ¿Qué hay en esta poesía que la haga tan atrayente para nosotros? La respuesta más obvia es la calidad. Siempre me llamó la atención que prácticamente ningún poemario suyo desentone frente a los demás. Evidentemente Arte de morir es un gran libro, pero todos los demás son también bastante parejos, y si alguno destaca entre otro se debe a la mayor cantidad de poemas notables que incluye. En su presentación en la Feria, Hahn intentó por su parte resolver con humor el asunto, asegurando que su abuelita peruana estaba detrás de todo. Al final, es muy probable que la respuesta a tenga mucho que ver con la originalidad de su propuesta.

Porque en la tradición de la alta poesía chilena, donde acaso la seña más visible sea la exuberancia verbal, Hahn se ha instalado proponiendo justamente lo contrario: las posibilidades de la condensación y de la exactitud, de las simetrías, de hacer hablar al silencio. No es una poesía que se cobije en lo de moda. Es más bien un tipo de poesía que fagocita todo lo que le conmueve: los motivos de los cancioneros medievales, la métrica del siglo de oro y las cifras borgianas tanto como el relato fantástico, el habla coloquial, los modismos chilenos y, en fin, toda forma de cultura clásica o contemporánea.

Sorprende el carácter visual de su poesía: Hahn escribe como si fuera un guionista de cine o un director de montaje y los versos fueran fotogramas que narran historias, de amor o de muerte, que concluyen con un efecto poético que golpea fuerte. Sus primeros libros, incluso, llevan al extremo de la obsesión ambas temáticas. El amor y la muerte. Eros y Tanatos. Pero en ambos poemarios estos temas no son absolutos sino que conviven y se confunden y quizá sean uno el revés del otro. Porque en ambos libros palpita un temor y una posibilidad: que el Amor y la Muerte terminen en el mismo lecho. Da igual la forma. Porque si en una habitación ambos están haciendo el amor, en la otra estarán siendo velados.

Pero la poesía de Hahn es también una poderosa voz de alarma frente a los cataclismos cotidianos en la urbe contemporánea: el apocalipsis de la segunda guerra mundial como si fuera una pesadilla de ciencia ficción que sucede ante nuestros ojos abiertos. Imágenes nucleares resulta, así, una visión de Hiroshima escrita con sangre radiactiva donde “solo al muerto en incendio le es dado ver esas canciones”.

Hahn es, ciertamente, uno de los poetas contemporáneos más originales de nuestra lengua. Su poesía es una alucinación de medianoche donde conviven lo clásico y lo contemporáneo, lo erótico y lo tanático, lo cotidiano y lo fantástico, lo erudito y lo lúdico. Prevalece un mismo tono y una amplitud de registros que enriquece su poder expresivo. La poesía de Hahn es, finalmente, una forzada aproximación a la zona cero de la realidad: aquella que explotó y explota a cada instante y por la que transitamos continuamente sin apenas darnos cuenta.

 

ARTE POÉTICA
La puta madre de mi poesía
la frígida la virgen la caliente
la que me pone cuernos en la frente
la que aprieta los muslos a porfía

y no me suelta lo que yo querría:
la flor de su hermosura irreverente
su corola que late noche y día
envuelta en llamas y en rocío ardiente

La que me engaña con cualquier vecino
con Rilke con Pessoa con Vallejo
la que traza en los astros mi destino

La beata la agnóstica la impía
la que pinta mis labios en su espejo
la puta madre de mi poesía

5 Comments so far

  1. David Agosto 4th, 2008 11:56

    Fue todo un lujo tener a Hahn en la Feria. Excelente post.

  2. J Agosto 4th, 2008 12:48

    ya sabía
    que tenías
    que escribir
    algo
    sobre el
    tío Hahn

    disfruta el libro de hiperión
    con la dedicatoria a carver

  3. rolando gabrielli Agosto 5th, 2008 20:47

    Poetas de la diáspora chilena
    Después del 11 de septiembre de 1973, el mundo se inundó de chilenos exiliados y deportados con la letra L en sus pasaportes. Todos los oficios y profesiones, edades y sexos. Continentes, países, ciudades, pueblos, las geografías y los climas más diversos recibieron a los chilenos. Se escribió en la nieve, en el mar Caribe, la palabra solidaridad, y en muchos idiomas imborrables.

    Desde autores de cine a la poesía, teatro, pintura, música, todas las artes que tuvieron parte en Chile abandonaron el país, como hormigas que iban a construir sus hogares en otras tierras. Algunos fueron doblemente silenciados por la dictadura, muertos en vida o realmente muertos físicamente. La muerte de Neruda marcó el fin de algunas cosas y el inicio de otras, en la poética chilena. Neruda, el vate, se convertiría no sólo en un referente casi sagrado, sino en una animita, en un icono del desamparo, la precariedad, un alma en pena que venía a socorrer a los más pobres y fieles. Una legítima estampa de la “religiosidad” chilena por su obra y el personaje sacro, mítico, irrepetible e irremplazable.

    (Años después, el azar me puso a conversar con mi Musa y hablamos de Neruda con nuestras respectivas distancias y pasiones. Coincidimos en el talante y talento del poeta. La Musa me confesó su admiración incondicional por el poeta. Coincidimos en tres o cuatro cosas fundamentales. Pasó el tiempo y el tema era recurrente como las coincidencias nos unieran paso a paso, porque la poesía tiene una sola larga punta cuando dos se encuentran. La Musa se reconoció, tiempo después, hambrienta de poesía. Llegó a decirme que yo era su Neruda, porque estaba vivo. No quise discutir esa noche y en otros días tampoco, por cábala. Aposté a Ella y sigo apostando por su amor, generosidad, entrega, compromiso, magia indiscutida. La poesía sigue brotando de su corazón y desgranándose de sus dedos. Siento que la arena de las playas y desiertos le pertenecen).

    En los setenta y ochenta, el Cono Sur se vio envuelto en llamas: Chile, Argentina y Uruguay.

    El tiempo siempre transcurre, es algo inevitable, sucede, pasa y en algún momento la realidad se modifica, sacude los viejos hechos de sus solapas y surge una nueva historia. Los poetas, narradores y periodistas escribieron su historia fuera de Chile. Los cineastas, pintores, músicos, documentaron sus días y la realidad que vivieron, vieron, sintieron, escucharon.

    Surgieron no pocos productos y subproductos de esta nueva historia, que escribió, contó, relató, cantó, pintó y mostró la diáspora de sí misma al mundo. No sé cuántas páginas se escribieron, cuanta tinta nueva cruzó los mares o se quedó en un cuarto de provincia o de alguna universidad. Pero basta con saber que más de alguna vez se escribió la palabra soledad, para saber que el abecedario estaba completo, como un rompecabezas mudo, solitario, inmóvil.

    El tiempo puede ser eterno, pero no el humano, ese que camina al lado de nosotros, con nuestros propios pies y se asolea en alguna parte del hemisferio o ve caer la nieve, como si el silencio se olvidara de sí mismo.

    La dictadura bajó el telón oficial, la carpa cerró sus puertas y algunos regresaron, inclusive los poetas. Se recicló la vida en el nuevo Chile, hay quienes se adaptaron y otros “volvieron a regresar”. La atmósfera no era la misma, los signos más y menos quizás habían cambiado de orden o ya no existían. La ecuación perfecta del olvido, el país había perdido la memoria y el verso de Lihn parecía escrito para el viento: el horroroso Chile.

    La diáspora histórica cesaba aparentemente con el fin de la dictadura y el retorno de la democracia protegida y de quienes ya no cargaban la letra L en sus pasaportes.

    En Chile existe tradición de los poetas que abandonan el país, Gabriela Mistral, Humberto Díaz Casanueva, Rosamel del Valle. Neruda y Huidobro van y vienen. El mismo Lihn viajó tardíamente por ciudades en tránsito. A Jorge Teillier yo lo veía desplazarse por las calles de Santiago como un viajero de provincia con las manos llenas de poesía y una sed incontenible.

    Después del 11, el éxodo tomó características bíblicas, se quedaron Parra, Lihn, Teillier, Rolando Cárdenas, Juvencio Valle, Eduardo Anguita, Miguel Arteche, Manuel Silva Acevedo, Jaime Quezada, Floridor Pérez, José Cuevas, Braulio Arenas, etc. Los menos sobrevivieron a Pinochet.

    El retorno se hizo denso, espeso, difícil, imposible. La diáspora se quedó con algunas alas, en Estados Unidos, Francia, Argentina, Panamá, Canadá y posiblemente otros países, como México y España. Roberto Bolaño se detuvo por fin en el mar Mediterráneo.

    Seguramente en otros países se sienten los negros goterones de la poesía del exilio permanente y definitivo. Poetas más o menos, me refiero a Oscar Hahn en Iowa City; David Rosenmann-Taub, Estados Unidos; Efraín Barquero, Marsella, Francia; Germán Carrasco, Buenos Aires, Argentina; Waldo Rojas, París; Oliver Welden, Tennessee, ahora España; Rolando Gabrielli, Panamá; Jorge Etcheverry, Canadá; Javier Campos, Estados Unidos, etc. Debe de haber más poetas, porque en Chile se cumple el viejo adagio de levantar una piedra y surge un poeta. Si la geografía deslumbrante, si la tragedia, si la melancolía, la tradición, la historia, la nostalgia, el Sur, sí, el amor, se escribe poesía dentro de la garganta, desde las vísceras de Chile, entrañas de su cordillera, profundidades marinas, del paisaje árido del desierto o simplemente en Santiago, capital de qué, como se pregunta Gonzalo Rojas. También se hace poesía a partir del desaliento, olvido, del paisaje personal, desde lo inefable, de lo nuevo que nunca termina por conocerse. La poesía es encuentro.

    La mano de la poesía viene de todo lo que no se tiene, quizás lo perdido, lo maravillosamente desconocido, ese momento casi absoluto de lo inefable. La poesía, cuerpo del delito de su tiempo, mi solitaria manía de cortar las palabras. Poesía, querida, no bajes la guardia, tú y yo somos más que palabras. ¿Sabías, pregunto, que el azar es tan nuevo como el alba? Una señal y se abre el poema. Transparente, vieja campana del sueño, luz del trigal doblemente amarillo, vereda en el simple ejercicio de los pasos. La poesía es este caño ruidoso, vacío, decolar de una sola gota y el poema respira, respira, hace verano.

    La diáspora boxea con sus propios guantes y con los años, cuando todos se han ido, este ejercicio va por dentro, es como hacer sombra dentro del poema. El instante, lugar más amado, puede permanecer oscuro, secreto, como las palabras que siempre dicen algo nuevo. ¿Cómo encontrar el camino en la página rota? ¿Se escribe de adentro hacia afuera o el rostro del poema golpea la página en blanco? ¿Quién ve primero a quién, la palabra o la realidad, al poema? Nada más secreto que el poema que sólo se reconoce a sí mismo cuando llega la última palabra, aunque sólo se revelará ante el lector.

    La diáspora de la poesía chilena del siglo XXI, diseminada en Europa, Norteamérica, América latina, principalmente, de una u otra manera se vincula a Chile, casa matriz de los poetas, a través de ediciones de algunos de sus libros, visitas de los poetas al país, recitales, correspondencia, antologías, y los que más parecieran aproximarse a Chile son los profesores Hahn y Rojas, y desde luego Carrasco, que está en Buenos Aires, y abandonó más recientemente Chile. Gonzalo Millán es uno de ellos, la lengua de la casa es vital para su poesía, y él, por eso, abandonó principalmente Canadá. Barquero hizo un intento por regresar y se “regresó”, valga la redundancia, a Marsella, porque no encontró nada para él en el Chile nuevo, a pesar de ser de los poetas más chilenos de la diáspora. Sé, tengo noticias de todos ellos, por sus poemas, alguna correspondencia y libros que de tarde en tarde llegan a mis manos, o textos que circulan en Internet.

    Hahn, aunque vive por más de dos décadas en Estados Unidos, su lenguaje mezcla a renacentistas españoles con la lengua popular chilena, “chilenismos”, y lo convierte en uno de los poetas más chilenos. Su poesía no tiene fronteras, o tal vez una, la propia poesía, el lenguaje, su atmósfera cargada de sentido. Barquero, como Hahn, son dos poetas que salieron de Chile con una obra hecha y ambos son los más firmes candidatos para el Premio Nacional de Literatura del 2008. Poeta esencial de la lírica chilena, de lo cotidiano, y también existencial, donde la palabra se apodera de un muro invisible. Arte vida tituló Barquero, y Arte de morir se llama un libro de Hahn. David Rosenmann-Taub es el más experimentalista de todos, quizás, aunque su poesía siempre está en búsqueda de algo más allá, en el límite, donde la memoria y el silencio parecieran compartir un mismo camino. De Rosenmann-Taub se han dicho todos los calificativos posibles para elevar a un poeta a las galaxias, y su poesía responde a un profundo pozo de la infancia iluminado por un presente cuya memoria se desgarra. Waldo Rojas, poeta reflexivo, del lenguaje y de lo inefable. En el centro de un cuarto, el cielorraso y la realidad absorben en un mismo espejo su poesía. Fiesta del lenguaje, sonoridad de la palabra, doble cerradura de la realidad. Rojas disfrutaba apasionadamente la literatura francesa en Chile y quizás ya vivía en París por aquellos días. Oliver Welden había desaparecido de Chile y de la faz de la tierra. Escribió un libro a los 22 años, Perro del amor, verso nerudiano, y desde la ciudad de Arica se esfumó tan lejos como pudo de su propia realidad y después vino el silencio y un mar de especulaciones. Oliver apareció un día, vivía en Tennessee, en el sur profundo de Estados Unidos.

    Para el azar también está Internet, ubicua zarina global, trotaconventos, celestina del alma y del alba, divina señora de todas las catedrales, espejito mágico del porvenir.

    Perro del amor es un libro personal, el yo del autor, su pasado pesando en el presente inmediato, arrastrando la memoria con las vivencias del dolor, el gozo y con la ironía chilena que muestra los dientes sin que éstos se vean. Germán Carrasco es el que menos conozco de esta diáspora, el más joven y crítico del neo Chile. Partió de Chile recientemente, según nos cuenta, porque su novia vive en Buenos Aires y no encontraba lo que buscaba en su país. Carrasco despotrica sobre el Chile provincial, marsupial, diría yo, ese que se fagocita en la bolsa del cangurú y se entretienen con su pequeño ombligo universal. (Ver desde afuera no es lo mismo que mirarse por dentro y no ver) Habla de las patotas literarias, oficialismo, culto a la personalidad poética, de las becas universitarias y de los premios fabricados. Se ejerce desde el canibalismo la literatura y poesía de la exclusión.

    Carrasco apunta a los infatigables herederos del sillón de Neruda. ¿Qué dirá Parra puesto en el trono de la poesía? Cada poeta con su guitarra, es lo que digo. La poesía no tiene una casa matriz, no es cara de una sola moneda, ni ojo de una sola cara. Tampoco hija de una sola Parra. La poesía no es lo que se ve y toca, sino lo que aparece en la palabra.

    En nombre de la poesía
    se erigen estatuas al viento
    y la poesía inmóvil en un parque
    de palomas muertas
    comulga con el endiosado
    olvido de las palabras.
    La tarde se despeja
    con sus botellas vacías,
    el alcohol humedece
    las horas baldías.
    Un poeta es una sombra,
    nada más,
    la palabra
    que aún no ha nacido.

    Déjame apátrida

    Déjame apátrida,
    sin sombrero,
    iluminado por el estiércol de la primavera,
    brillar, brillar del sol,
    luz amarilla,
    no hay tiempo para la poesía,
    Oh magnífico astro dorado
    reflejas el mar
    en la ciudad de cristal,
    la que me guía con su traje blanco
    aunque está muerta con su comercio cerrado,
    sin mercancías, un sábado de septiembre
    en el día del perdón.
    El griego de la librería no perdona la fecha
    y se mofa de los comerciantes,
    porque no leerán a Proust, dice
    y nos reímos.
    Hemos perdido el tiempo Marcel quizás
    haciendo literatura
    y es tan probable todo
    que no existe la menor certeza que ocurra,
    un tiempo que no hace justicia a la historia,
    una época digital
    que no se avergüenza de su imagen.
    Rolando Gabrielli

  4. carlos agurto Agosto 7th, 2008 12:29

    Este es el mejor artículo de Porta9. De veras muy bueno, y sobre todo para quienes sí hemos leido al gran poeta que es Oscar Hahn.

    A quienes no lo han leído les recomiendo sus obras completas,

    Carlos Agurto

  5. Señor Rajuela Agosto 7th, 2008 16:54

    Aquí está también el más largo comentario de Porta9, por obra y gracia de rolando gabrielli. De hecho que quiere figurar en su lista de columnistas, amigo Ángeles. Aunque si así de kilométricos son sus coments… cómo serían sus columnas…

Leave a comment